No, gracias
¿Por qué mi libro no tiene agradecimientos?
Muchos ya me han preguntado lo mismo, en ocasiones llegan a pensar que soy egoísta, en otras me catalogan de orgullosa, pero, mientras más miro al pasado, más comprendo que esa hoja en blanco que dejé al final de mi novela es completamente normal si le debo dar las gracias a todos los fantasmas que me rodearon en los últimos cinco años.
Allí debe haber nombres importantes, muchos ni siquiera me he atrevido a pronunciar en voz alta por miedo a que la versión que soy ahora pueda arruinar su recuerdo. Otros nombres los he olvidado, ¿cómo se escribían?, ¿cómo nos conocimos?, ¿quiénes eran? Sus rostros aparecen en mis sueños con frecuencia, pero no tienen algún título por el cual pueda llamarlos.
El presente ha sido muy diferente a lo que imaginé en 2020. Para aquel entonces, todo este camino era incierto, no existía, ni tampoco me preocupaba. Yo solo era una niña que hacía lo que más amaba y se rodeaba de personas que amaban lo que ella hacía. Ahora la melancolía me consume y no dejo de preguntarme a dónde fue a parar la risa de aquellos días cargados de esa ignorancia pueril, esa que no me ardía en los ojos, sino que, por el contrario, me causaba cosquillas. No había ansias por aprender, por descubrir que solo ya no llevaba acento ni tampoco qué era una viuda y una huérfana en un archivo de imprenta.
Solo era yo.
Joven.
Llena de sueños que ahora están al alcance de mi mano, pero que no se sienten propios.
Yo no los tuve.
Quisiera dar marcha atrás y volver a ver el mundo desde aquellos ojos que no veían maldad ni tristeza en las cosas más simples. Bailar al ritmo de una canción que ya no puedo oír sin que mi corazón se rompa. Quisiera beber vino para brindar por tonterías, en lugar de usarlo para centrarme a la hora de escribir un párrafo sin la exigencia constante de hacerlo bien a la primera.
En mi libro no hay agradecimientos porque aquellos que estuvieron conmigo al principio, no se quedaron a ver el final. Cuando anuncié que quería publicar en físico, tomé unas tijeras oxidadas y amputé trozos de mi alma bajo una agonía inexplicable, desprendiéndome de personas, de emociones y amores que el tiempo dejó muy atrás. No lo supe en ese entonces, pero tuve que vivir la peor experiencia de mi vida al gritar despedidas en puertos que jamás pensé dejar.
Avisé con tiempo, puse carteles, di señales que solo otro corazón roto podía ver, pero nada de eso fue suficiente. Cuando aclaré que el fin ya había llegado, muchos quisieron quedarse y se ataron como enredaderas en mis piernas, impidiéndome andar. Fueron los primeros en negarse a soltar el pasado, y yo, así como aquellos días de juventud, ya no podía seguir en el mismo sitio. Me obligaron a llevar la vida de siempre, a escuchar hasta odiar la canción que alguna vez me dio sueños, y me sentaron en una silla llena de aristas para que observara cómo el mundo avanzaba y yo me quedaba atrás.
Fui una rehén de las personas que más amaba, solo porque no supieron amar a lo que podía ser.
Y tuve que aprender a vivir con melancolía incluso luego de huir y empezar de cero fingiendo ser alguien más.
Sus nombres resuenan en cualquier parte de mi alma y despiertan miedos que creía dormidos. Al llegar el último día de edición, porque sí terminó llegando a pesar de todo, me quedé delante de aquella hoja y no pude darle gracias a nadie que conociera en la actualidad, porque mi historia no comenzó con ellos, sino con quienes que apenas sabían mi nombre, pero podían notar mi pasión, las ganas que le ponía a cualquier frase, lo que amaba.
Y al ellos no estar, rendí culto al silencio y al vacío que dejaron.
Puede que no sea la niña que antes fui, y todavía sigo buscándome en las palabras que nunca pude decirle a quienes amaba la última vez que los vi.
Porque, de poder decirles algo hoy, sería que debieron haberme dejado ir cuando era necesario, y así ni siquiera yo sería una cicatriz para mí misma.

